Ningún lugar de este viaje me hacía tanta ilusión como visitar San Petersburgo. Era uno de esos lugares a los que nunca te imaginaste ir. Nunca estuvo en mis planes, ni en los planes del viaje incluso después de haber tenido los pasajes de regreso desde Tallinn en mano.

Estaba encantada de llegar a Rusia, pero el hechizo se rompió poco después de poner un pie en la vieja capital.

Dicen que una ciudad nunca está hecha para comodidad del visitante, sino para que sus habitantes se sientan cómodos en ella. Y probablemente ninguna otra frase encaje tan bien con mi experiencia en San Petersburgo.

Nos gustó la idea de salir un poco de los esquemas, visitar los lugares que no se suelen visitar (si, ya sé, no me fuí al Congo, pero de todas maneras fuimos a lugares que antes no podíamos ni ubicar en el mapa), movernos en otro alfabeto por primera vez. Y si bien visitamos ciudades súper masivas y hechas para el turista, la idea del viaje también era esa otra, la de ver la Europa que había quedado del otro lado de la cortina de hierro.

Y así fue como, organizando el viaje llegamos al punto desde donde teníamos el vuelo de regreso a Madrid y aún nos sobraban días. En ese momento estaríamos en Tallinn, tan cerca de Rusia. ¿Y si cruzamos?, ¿Y si vamos a San Petersburgo?. Los días nos alcanzan.

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Pensamos que Tallinn era el último destino de este viaje

En el consulado ruso en Madrid nos confirman lo que ya habíamos leído en internet: los argentinos no necesitamos visa para visitar el país. Sin gastos, sin complicaciones, cómodamente con nuestro pasaporte. ¿Cómo íbamos a desperdiciar los beneficios de ser argentinos? ¿Cómo íbamos a dejar pasar la oportunidad?. Es un sí rotundo, vamos.

Sabíamos que en la frontera iba a haber controles, por supuesto.

Pasamos el primero. Se llevan todos los pasaportes, los vuelven a traer, revisan el baño del micro. Pasamos el segundo.

El micro frena de nuevo, otro control. Está todo en orden. Llevamos una hora avanzando poco a poco entre Estonia y Rusia.

Habla el chofer y todo el mundo comienza a bajar del autobús. Nos miramos desconcertados. Habló en ruso. Una amable señora nos explica que debemos bajar del colectivo y llevar con nosotros todo lo que tenemos, falta un control más.

Uno a uno pasamos el control todos los pasajeros. Miran el pasaporte, me miran a mí. Sí, definitivamente soy yo la de la foto; otro sello y podemos seguir. Nuevamente en el micro la señora nos vuelve a hablar: Dejen los pasaportes a mano. Último chequeo y ya estamos en camino. Se relaja el chofer, nos relajamos todos y salimos para la ciudad.

Ya en la Terminal Internacional de Autobuses, enseguida entramos al metro. Estamos a dos estaciones de distancia del hostel, nuestra parada es Адмиралтейская, la tenemos anotada en alfabeto cirílico para poder localizarla más fácilmente.

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No es tan fácil saber donde estás

Notamos que los tickets sólo se sacan en caja personalmente y no en máquinas expendedoras. No hay problema, tenemos escrita la estación a la que vamos. Hacemos la fila. Llega nuestro turno. Saludamos con un privet, una de las pocas palabras que aprendimos, señalamos la estación escrita en el cuaderno e indicamos “dos” con los dedos al son de “two tickets”, como para ponerle voz al pedido.

La cajera frunce el ceño y empieza a gritar pero no logramos escuchar lo que dice porque nos separa un vidrio bastante grueso. Nos miramos entre nosotros y de nuevo a la cajera. Volvemos a hacer las señas y la señora grita otra vez, esta enojada, furiosa. Cuando finalmente leyó el desconcierto en nuestras caras (o se cansó de la mímica insistente) abrió el micrófono, nos lanzó un “no english” y continuó con su trabajo. Ese fue el primer choque. Nos habíamos familiarizado con el alfabeto, pero no lo suficiente como para pedir los tickets en ruso.

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Podíamos llegar a leer señales sencillas pero no hablar ruso fluidamente

Nos movemos de la fila para no entorpecerla. No hay caja y no podemos comprar pasajes en máquinas. Nos quedamos sin opciones.

Por suerte la gente amable suele estar donde la necesitas, así que nos ayuda una chica que oficia de traductora entre nosotros y la cajera. Tenemos tickets, estamos salvados.

Llegamos al hostel (al fin). Nos recibe un “hello” pero rápidamente la conversación sigue en ruso. Nos piden un papel de autorización de estadía, o algo por el estilo. No lo tenemos, no nos lo dieron, no lo necesitábamos. Le explicamos que no lo tenemos, que pasamos 4 controles y nunca nos lo dieron. La recepcionista insiste pero al ver los sellos del pasaporte se conforma con sacarles fotos.

Nos indica la dirección de la habitación pero ni bien pegamos la vuelta nos detiene: No shoes in the room (sin zapatos en la habitación). Efectivamente, a nuestros pies hay una montaña de zapatillas. Nos señala que ella lleva sandalias, pero nosotros no trajimos. Eso era nuevo. Por lo menos no fuimos los únicos que no tuvimos en cuenta ese detalle.

Estamos en medias pero ya tenemos habitación y cama, ya estamos acá. Son las seis de la tarde y ya anocheció hace rato, pero es imposible resistirse a las ganas de salir a echarle un ojo a la ciudad.

Caminamos hacia el río. El Neva es enorme y está totalmente congelado, tiene una capa de hielo de por lo menos 30 cm. Miro la temperatura en el teléfono: −21° y −27° de térmica. Ese es el segundo choque. San Petersburgo parece estar furiosa con nuestra visita, no hay abrigo que alcance. Jamás me imaginé que iba a hacer tanto frío, incluso en enero no pensaba que podía bajar tanto la temperatura; pero después de todo, no estamos a más de 800 km. del polo norte. Días después la ola de frío en esta parte de Europa es noticia.

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El Neva totalmente congelado
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La capa de hielo es tan gruesa que alguien caminó hasta el centro y dejó un mensajito

Pasa poco menos de una hora y el frío nos gana, volvemos al hostel.

Uso dos hornallas para preparar la cena, las otras dos las está usando un chico colombiano al que la temperatura le regaló un resfrío. Se acerca una señora con la pava en la mano y me habla en ruso. Yo me disculpo en inglés por no hablar ruso, pero le digo que un minuto libero un lugar para que caliente el agua. Me mira con bastante desilusión, no habla inglés así que no podemos entendernos. De todas maneras se acaba de desocupar un espacio de la cocina.

Mientras se hierve el agua y preparo la cena la señora nos pregunta a mí y al huésped colombiano de dónde somos. Parece sorprendida de que hablamos en inglés: In argentinishe, english?. Entiendo que quiere saber si en Argentina hablamos inglés; le explico que hablamos español, pero que cuando no hablo el idioma del lugar en el que me encuentro, hablo inglés. De a poco se rompe el hielo y pareciera que nuestra estancia en Rusia va tomando color. Traductor google de por medio, nos cuenta que se llama Luba y que viajó 30 horas en tren desde los Urales, donde vive. Me ofrece licor para el té y nos invita a quedarnos a jugar a las cartas, pero habíamos viajado casi todo el día (aunque no tanto como ella) y queríamos descansar. Mañana será otro día.

Nos despertamos un poco más tarde que de costumbre, pero igual aún no salió el sol. Está nevando e incluso hace más frío que ayer, pero morimos por conocer el museo más grande del mundo, así que después de dar unas vueltas, vamos en dirección al Hermitage. No sacamos la entrada anticipada, nos imaginamos que en esta época no iba a andar mucha gente. Grave error, la fila para entrar sale del museo y llega hasta la mitad de la plaza; incluso es larga la cola para quienes la compraron por internet.

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La fila seguía y seguía

Parece que se mueve rápido así que nos quedamos. Estamos súper abrigados pero igualmente el frío es insoportable, hoy la temperatura bajó hasta −32°. Tenemos hasta las pestañas (la única parte de nuestro cuerpo descubierta) congeladas y estamos parados sobre la nieve, toda la fila salta para mantener el calor. Llevamos una hora esperando, pero ya estamos cerca de la entrada. De a ratos se escucha un anuncio con los precios y descuentos, primero en ruso y luego en inglés. Nuevamente un anuncio, pero esta vez solo en ruso. Suponemos que no es nada importante, sino lo hubiesen transmitido también en inglés, pero nos preocupamos cuando la gente de la fila se empieza a ir. Nos cuesta encontrar a alguien que nos pueda explicar que pasa, pero lo conseguimos: en las dos siguientes horas no entrará nadie al museo porque ya no hay espacio en el guardarropas.

Ese es el tercer choque, otro trago amargo en menos de 24 hs. Podría decir que nunca habíamos pasado tanto frío, que teníamos las pestañas congeladas, que nos dolía el cuerpo, pero es imposible tener noción de ello hasta que se vive. Así que estábamos allí, en medio de una ola de frío polar hacía más de una hora, enterándonos como podíamos que el museo más grande del mundo ya no tenía espacio para nuestras camperas, que habíamos ido hasta ahí para quedarnos afuera, decepcionados como nunca antes.

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Se nos congelan las pestañas, no es joda

Volvimos al hostel a almorzar, reaorganizamos el día, no queríamos terminarlo a las dos de la tarde. Nos abrigamos de nuevo y nos preparamos para salir. En ese mismo momento llegaba Luba, que nos hizo señas para que nos pongamos gorros. Incluso ella, que venía de los Montes Urales donde las temperaturas llegan a −30° estaba sorprendida del frío que hacía en la ciudad.

Nos dimos cuenta que el frío nos iba a obligar a tomarnos el viaje con más calma, así que por lo que restaba del día sólo nos propusimos conocer la Catedral de San Petersburgo. No lo sabíamos pero el día siguiente era la víspera de navidad, ya que la Iglesia Ortodoxa conserva el calendario juliano en lugar del gregoriano, así que, en general había bastante actividad en los templos.

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La Catedral de Kazán es un pequeño Vaticano

Ya habíamos estado en una iglesia ortodoxa en Riga, pero seguía siendo nuevo para nosotros. La decoración, las imágenes, la ausencia de bancos, la gente formando fila para besar una imagen, una estatua. La Catedral de Kazan es enorme, pero en un rinconcito pareciera estar dictándose misa. Nos acercamos. Dos curas cantan y esparcen incienso alrededor de un altar con la réplica de la Corona de Espinas y de la Santa Cruz. Hay un grupo de gente reunidos en torno a ellos y al finalizar dejan velas finitas junto a un duplicado del Santo Sudario que hay detrás.

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Inerior de la cúpula de una iglesia ortodoxa

El día fue corto, a las 7 de la tarde ya habíamos regresado, más temprano que nunca. Pero estoy más que conforme, me doy cuenta que a diferencia de otras ciudades que visité, de San Petersburgo no me voy a llevar miles de fotos de lugares hermosos, ni voy a visitar todos los museos, ni voy a caminar hasta entrada la noche. De acá me llevo la experiencia de un lugar diferente al que esperaba encontrar y diferente a los demás que conocí, la experiencia de intentar descifrar los nombres de las calles y de disfrutar de sentarme a tomar un café sin estar segura de lo que pedí, de sentir más frío que nunca y de resbalarme mil veces con la nieve de la calle, de pisar un río congelado y tener la sensación de que es la ciudad la que me marcó el ritmo del viaje y no al revés.

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La experiencia de que sea el mediodía y ya se esté ocultando el sol. Por cierto, eso es agua congelada
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